sábado, 15 de junio de 2013

De la Confianza y esos tesoros perdidos..

Aquí vas al super y te entregan la bolsa de comida para luego pagar, cuelgas ropa y desaparece porqué el viento se la llevo, las puertas de las casas se mantienen siempre abiertas, al igual que los autos, la puerta del cajero automático está siempre abierta.. Pero a medida que subes y se pierde lo "chiquitito" de los pueblos, la gente se hace ajena a la gente e incluso a si mismos, todo cambia a medida que subes, las casas lucen como cárceles con cercos eléctricos, grandes perros, alarmas, candados y cerrojos y por más que vayas todas las semanas al supermercado, el cajero no te reconoce ni tu a el, tampoco conoces a los vecinos, aunque ya llevas 5 años viviendo allí y si saludas a un desconocido mientras caminas por la calle, te mira como si estuvieras loca... ¿Cómo un pequeño país


(Fotos tomadas en el verano del 2013. La Primera en Castro, Chiloé. La Segunda es Florcita en Futaleufú y la tercera es la chúcara Doña María, nacida y criada de Caleta Tortel, toda una representante de la mujer patagonica)

puede ser tan diferente y ajeno a la realidad del mismo? ¿Y así mismo querer aplicar leyes por igual, conocimientos por igual, cuando la historia, las vivencias del día a día, las personas y los lugares difieren tanto el uno del otro? Quizás debido al olvido de estas tierras por tantos años, y a lo impenetrable de estas mismas, aun se conservan estos tesoros perdidos, que hoy, creo, son mas escasos que el mismo oro, pero aquí hay mucho de eso...

lunes, 2 de abril de 2012

Del 5 al 10, del 10 al 11 del 11 al 12

Una reflexión de como me di cuenta de la dirección correcta hacia la realización  y plenitud en la escalada.

Un primer 5.11 merece ser reconocido, no por el grado, si no porque es el primer gran paso, el primer escalón que te hace dar cuenta que el esfuerzo vale la pena y todo lo que has estado soñando respecto a la escalada es posible… Quizás no tanto como para ser el próximo Sharma, ¡pero -por qué no- para llegar a los Big wall’s!
Aquel gran día en el que por fin pude escalar un 11, creo que el músculo que más me dolió fue el de la cara, porque la sonrisa no se me iba. Llegué a mi casa a tratar de explicarle a mi papá lo que había hecho y él, que poco y nada sabe de escalada (pero mucho sobre la vida) me dijo varias cosas, luego de felicitarme.
En primer lugar, me habló sobre una falla de origen de los humanos: la insatisfacción. Tendemos a proponernos metas, nos enfocamos en ellas y cuando las logramos, como ya las tenemos, nos proponemos otras y así sucesivamente, no conformándonos con nada.
En mi caso, mi meta para este año era escalar 11, estaba enfocadísima en eso, hasta que perdí un poco el “disfrute de la escalada”. Me frustraba no encadenar algunas vías fáciles, que según lo que estaba escalando en ese momento debería haber logrado de una. Lo bueno es que me di cuenta que esta actitud no estaba bien y me empecé a enfocar en lo bonito de las vías, entendiendo que el grado en cierto modo es subjetivo y que lo rico no es encadenar más, pero hacer vías cada vez mas bonitas y míticas.
Teniendo claro el primer punto, me habló sobre las carencias; nos enfocamos en ellas y olvidamos nuestros “fuertes”, hasta que terminan desapareciendo.
Personalmente mis carencias son el porte y la fuerza, aún me enojan un poco los pasos muy largos, pero es algo en lo que estoy trabajando. El problema fue que me detuve en estos dos puntos al momento de escalar y dejé de lado la técnica, pero cuando me di cuenta que mi fuerte era este último, me dediqué más a mejorarlo. Y aunque me compré una barra para la puerta con la esperanza de llegar a desarrollar mi fuerza, al momento de escalar trato de hacer las rutas lo más tranquila posible para ir pensando y utilizando la técnica de la mejor manera en función a lo que mi cuerpo me permita.
En tercer lugar, me habló de la filosofía que también aplican nuestros sabios amigos budistas, que hay que aprender a disfrutar del camino hacia la meta, no sólo enfocarse en ella.
Y con esto volvemos un poco al primer punto. La frustración me cegó y no me dejó ver lo bonito de la escalada, que es algo mas allá de un grado, es la conexión real con la roca, el compromiso que se crea y también el disfrute con los amigos y del lugar.
Y por último me habló de los cuatro seres que uno posee: ser básico, ser racional, ser emocional y ser espiritual. Cuando logramos una meta, lo natural es que surja nuestro ser básico; queremos celebrar, descansar la mente y olvidamos a los otros seres. Pero mi viejo querido me dijo que es tan importante reflexionar sobre los errores como de los triunfos, y lo segundo es algo que raramente se hace.
Entonces seguí sus consejos y ocupé mi ser racional: ¿por qué obtuve el logro ahora, teniendo menos tiempo para escalar, y no antes cuando estaba entrenando? ¿Serán las sportivas nuevas (sí, son mágicas, pero no cumplen deseos, ¡ojalá así fuera!)? La conclusión a la que llegué fue lo que escribí, y aunque no soy experta en la escalada creo que estos “tips para la mente” pueden ayudar a más de alguien que se encuentre en lo mismo, porque al final la escalada es 90% cabeza y corazón. Así cuando logré comprender esto, dejé de buscar los 11, empecé a querer aun más este deporte tan lindo y, mágicamente, pude encadenar lo que quería.
Por Pepa Valenzuela
http://chileclimbers.cl/?p=8104

jueves, 3 de noviembre de 2011

Para una buena salud: ¡Bajese del auto señor!

“Son las 7:30 am, salgo rápido de mi casa porque ya estoy muy retrasada, no alcancé a desayunar y mi estómago ¡me grita por comida! Pero no tengo tiempo para pensar en el ¡Debo buscar las llaves! ¿Dónde las habré dejado? Mmm…… ¡Aja! ¡Aquí están! Enciendo mi auto rápidamente ¡Me debería haber levantado antes!
Para peor suerte, la luz del semáforo cambia rápidamente de verde a roja, me parece observar aquel color por horas, mientras desfilan peatones al frente de mi, porfin la luz verde de los caminantes comienza a palpitar, avanzo unos metros, pero al parecer el auto que va adelante va con mucha tranquilidad, porque ¡ No se mueve! …”
Este es un panorama normal en la ciudad de Santiago por las mañanas. El lograr manejar y no estresarse es toda una prueba de tolerancia, el lograr ser paciente resulta casi imposible y cada año son más los automóviles que se suman a la fila del “taco”.Este año la venta de vehículos tuvo un incremento de un 90% en comparación con el 2009 y los expertos en la materia creen que para el 2014, las calles de santiago no darán abasto para tantos automóviles, tanto así, que demoraremos aproximadamente 4 horas en llegar a nuestro trabajo ¿Cuánta espera no?

Pero el tráfico y el estrés provocan un problema mayor aún: los accidentes. La Cruz Roja calcula que en el siglo XX murieron 30 millones de personas a causa de accidentes automovilísticos, hoy en día estos son la mayor causa de muerte entre los 18 y 30 años. Otro gran problema, son las enfermedades producidas por el smog, este a su vez es principalmente producido a causa de los automóviles (hidrocarburos, oxido de nitrógeno, plomo, y otros), una enfermedad muy común en Santiago en el invierno es el asma, en especial en niños que son más vulnerables a esta nube tóxica que inunda nuestra ciudad.
Por ultimo: La obesidad, este es un tema muy recurrente ¿Cómo no serlo? Cada día es más común ver gente obesa en las calles, y esta comprobado que la combinación de un consumo excesivo de nutrientes y el estilo de vida sedentaria son la principal causa de la rápida aceleración de esta enfermad. Me pregunto que pasaría si a estas personas, desde un comienzo les enseñáramos que pueden ir a comprar el pan caminando o ir en bicicleta e incluso pueden ir a su trabajo de esta manera que no gasta dinero en gasolina ni tiene que someterse al taco de las mañanas ¿Qué creen ustedes?.
Pepa

*Nota escrita para el Blog de Voluntarios Greenpeace Santiago, 2009